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En enero de 2014, un grupo de profesores de Ciencias Políticas de la Universidad Complutense de Madrid anunció la fundación de un nuevo partido político. Su nombre era Podemos. Su líder, Pablo Iglesias Turrión, tenía 35 años, llevaba coleta y usaba un lenguaje que mezclaba conceptos académicos con el habla directa de la calle. Nadie imaginaba que en cuestión de meses sacudiría el sistema político español hasta sus cimientos.
Cuatro meses después de su fundación, Podemos obtuvo más de un millón de votos en las elecciones europeas y cinco eurodiputados. Era el resultado político más rápido de la historia de la democracia española. Surfando la ola de indignación que había generado la crisis económica, la corrupción y el bipartidismo, Podemos canalizó el descontento de millones de ciudadanos que ya no se reconocían en el PP ni en el PSOE.
Iglesias y sus compañeros construyeron un discurso político nuevo en la España contemporánea: la distinción entre "la casta" —los políticos tradicionales, los banqueros, los grandes empresarios— y "la gente", el pueblo que sufría las consecuencias de la crisis. Era un lenguaje populista de izquierda que miraba con admiración a experiencias latinoamericanas como el chavismo venezolano, algo que sus críticos señalaron con insistencia.
Podemos renovó también las formas políticas: asambleas masivas, votaciones en línea, un uso intensivo de las redes sociales y los medios digitales. Iglesias se había hecho popular como tertuliano televisivo antes de entrar en política. Sabía usar la cámara y el lenguaje de la comunicación de masas mejor que casi cualquier político de su generación.
En 2020, Podemos entró en el gobierno de coalición con el PSOE. Iglesias se convirtió en vicepresidente segundo. Fue un momento histórico, pero también el inicio de una crisis. El partido perdió fuerza electoral. Las tensiones internas se agudizaron. En 2021, Iglesias dimitió como vicepresidente para presentarse como candidato a la presidencia de la Comunidad de Madrid, unas elecciones que perdió de forma contundente. Poco después anunció su retirada de la política activa, dejando tras de sí un legado ambivalente: había cambiado para siempre la conversación política española, pero el proyecto que había fundado se fragmentaba.
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